Migrar es propio del ser nómade, una búsqueda lúdica de libertad que lleva a desplazarse a otras tierras. Pero para apropiarse del territorio es necesario dejar marcas, construir simbología de pertenencia.
En su tránsito de un tiempo a otro, la materia se transforma para invitar a un diálogo con quienes habitan entre las dobles alturas, los balconeos, el espacio urbano y la historia contemporánea.
La ciudad anhela la naturaleza, la extraña, sueña con reencontrarse con ella, con abrazarla.
Sometida a tironeos la materia se rebela y levita en el espacio, para dialogar con el vacío, las dobles alturas, los balconeos, el recorrido y, a través de las transparencias, con el espacio urbano.
El sol es inspiración, energía, vida, orientación y guía; es aquello que anhelamos cuando habitamos nuestro laberinto urbano, es la esperanza, la ilusión, en definitiva una gran metáfora desde la cual nos identificamos con Ícaro en nuestro tiempo.
La lectura espacial interpreta el sitio Espacio Entrepiso como un descanso en la escalinata, un entretiempo dentro de otro mayor cuya temporalidad está dominada por la impermanencia.
Parece que fuera posible, hasta que sobra espacio por momentos; sin embargo, no. Es definitivamente inhabitable.
Tempestad es una narrativa épica, el registro morfológico de una acción de gestión sostenible como sinécdoque de una conciencia ambiental operando en épocas de crisis.
Un éxodo al interior. Un calculado ingreso a un espacio mayor, desproporcionado, a una limitada inmensidad. El caminante se detiene en la altura y contempla. No hay nubes.
Una pulsión transversal corta la sala. El agregado de una secuencia de cuatro paredes suturadas materializa una herida abierta que resignifica el espacio. El natural sentido de la logia en su conjunción con el patio de los naranjos entra en conflicto con la agresividad de la serie de muros.